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terça-feira, 26 de março de 2013

MEDITAR

INTERNACIONAL
De España


                         
Alejandro Moreno Lax



Alejandro Moreno Lax
Filosofo en Murcia
España.
Es probable que alguna vez hayas experimentado una sensación interna de bienestar sin que existiera un motivo específico para ello. Estabas caminando por la calle o esperando tranquilamente a alguien y…¡zás!, de repente brota dentro de ti un sigiloso estado placentero que dura un instante y se esfuma en seguida…¿Te has parado alguna vez a reflexionar acerca de esta experiencia? Tal vez no…
A buen seguro que sí serás consciente de otro tipo de experiencia mucho más intensa pero igualmente efímera: el orgasmo, ese instante salvaje, único, inapelable. En este caso la experiencia es deseada, buscada y elaborada; fallida o consumada. El sexo no solo ha conquistado la vida pública y los hábitos sociales en occidente, no sólo se ha convertido en un objeto de publicidad y consumo, sino también en una configuración de la identidad y un indicador de la verdad: nuestro "Yo" puesto en relación con el mayor o menor éxito en las relaciones eróticas; la aprobación o no de nuestro día a día en función de esta actividad. Hasta la salud va con ello. Identidad, verdad, salud… Lo importante es señalar su éxito, su importancia, su presencia, su relevancia, su irrefutabilidad. Hasta el mayor de los relativistas guarda silencio aquí.
Ahora que he captado tu atención puedo situar el tema de este texto: meditar. En primer lugar, la meditación es una práctica. Es más, una práctica no intelectual. La tradición greco-latina utiliza el término (melete, meditatio) para referirse a la actividad del pensamiento, al hecho de reflexionar acerca de algo que vamos a decir, a preparar un discurso, etc. En resumen, identifica meditar con pensar. Por otro lado, la tradición oriental (India, China, Japón) ha desarrollado una práctica milenaria que en el siglo XX llegó al mundo anglosajón (Inglaterra y EEUU), extendiéndose por todo occidente, que también se denomina "meditar" (meditation). Su rápida expansión a lo largo de las últimas décadas la ha convertido poco a poco en una práctica normalizada socialmente, provocando una amalgama de intereses que van desde la curiosidad, pasando por el snobismo y la salud, hasta la espiritualidad y la mística. Basta decir que el espectro es muy variopinto, sin entrar a juzgarlo. Lo cierto es que la meditación ha pasado de ser un secreto esotérico e incluso censurable a convertirse en una opción más dentro de la oferta multicultural de nuestras sociedades actuales.

Pero, ¿en qué consiste este tipo de "meditación"? ¿Qué esconde este viejo "secreto" oriental? ¿Qué hay de "verdad" en todo ello? ¿Cuánto hay de superstición y charlatanería? Como ya dije antes, la meditación es una práctica. Al menos, es un tipo de ejercicio que no corresponde al intelecto. Es más, el obstáculo principal con el que se encuentra es la mente. Uno de los principales fines de la meditación es el de calmar la mente. No se trata de negarla ni de afirmarla, sino simplemente de tomar distancia respecto de ella. Se trata de observarla, de tomar conciencia de ella, de su existencia, de su autonomía. Su radical independencia. Se trata de experimentar en toda su desnudez el apabullante torbellino de imágenes, recuerdos, palabras y sonidos que se arremolinan insistentemente en el interior de nuestra conciencia. Llegan unos y se van otros, y así indefinidamente.
Comprender este hecho es seguramente el principal escollo para la meditación. Me refiero a la comprensión de que la mente no es lo mismo que la conciencia. Esto es fundamental. Meditar no es un acto ni racional ni irracional, ni verdadero ni falso. El primer paso para poder profundizar en ella está en esta distinción, en esta toma de conciencia.
Voy a tratar de explicar esto con el ejemplo de la televisión. Todos estamos de acuerdo en que ninguno de nosotros es igual a una televisión. Sin embargo, habrás comprobado la capacidad que tiene la televisión no sólo para crear modas y hábitos de comportamiento, sino la capacidad que tiene para captar la atención del espectador, para aturdirlo, para ensimismarlo, para dormirlo. La velocidad de las imágenes supera nuestra capacidad para captarlas íntegramente y poder "razonarlas". Estímulos y más estímulos generan una hiperactividad sensorial que anula nuestra capacidad reflexiva. La televisión tiene un inmenso potencial para generar espectadores pasivos. La imagen nos deja absortos, absorbiendo nuestra imaginación, nuestra subjetividad, nuestra identidad.
Este fenómeno está más que estudiado y no voy a insistir en él. Pero sí es interesante que lo traslademos a nuestra distinción anterior. Me refiero a la relación que existe entre la televisión y el espectador, por un lado, y la que existe entre la mente y la conciencia. Al igual que en el primer ejemplo está claro que uno es distinto del otro, lo mismo podemos decir del segundo. La meditación sirve en primer lugar para ser conscientes de que estamos continuamente afectados por una hiperactividad mental que nos condiciona, nos identifica, nos absorbe continuamente. Por lo menos, una hiperactividad que nos impide estar en silencio. En absoluto silencio
Estar en silencio no significa "callar", o "no hablar", sino, más allá de eso, significa escuchar. La meditación requiere antes que nada quietud y atención, pues este es el único modo de experimentar en toda su crudeza la hiperactividad mental. El "ruido de la mente", con sus ideas lúcidas y sus ideas locas, sus imágenes aceptables y también las inaceptables. En esta práctica no hay nada que juzgar o analizar. No hay "maldades" que expiar ni "bondades" que proteger. En definitiva, la meditación no entiende de intencionalidad ni propósito. No hay fines. Al principio, el simple hecho de la escucha silenciosa se torna imposible. Al intentarlo descubres la dificultad que supone "estar en silencio". Podrás estar en un lugar silencioso y tranquilo, pero en seguida te aborda la locura de la mente en todas sus manifestaciones posibles, distrayéndote una y otra vez, sacándote de tu pretendida escucha, llevándote a los recuerdos del pasado, a las historias fantásticas, a las cosas que tienes que hacer cuando acabes de estar en silencio…De repente, la obviedad del silencio se convierte en una quimera. Hasta la simple quietud física se convierte en un problema.
Al igual que la televisión se define por la emisión ininterrumpida de imágenes, la mente consiste también en una emisión continua de imágenes, de estímulos abstractos. Pero es posible tomar distancia de ellos, observarlos, convertirse en un testigo mudo de todos estos fenómenos de conciencia, al igual que hace un espectador desde su sofá. Cuando nos observamos al espejo vemos una imagen reflejada de nosotros; una imagen que juzgamos constantemente, aprobándola o rechazándola (normalmente lo segundo, por desgracia). Paradójicamente, aquello que juzgamos es simplemente una imagen, un fenómeno que podemos observar y que, sin embargo, no nos pertenece. Tú no eres el reflejo del espejo. El reflejo es eso, reflejo, la imagen de uno mismo. El hecho de vivir no requiere de un espejo ni de reflejarnos en él. Podemos hacerlo o no, pero eso no es importante. Y si lo hacemos, de nosotros depende que lo juzguemos o no. Lo mismo pasa con la meditación: podemos observar, podemos atestiguar todas esas imágenes mentales que nos llegan imparablemente a la conciencia. Y si lo logramos, podemos entonces valorar o no todos esos estímulos mentales. Lo importante es simplemente tomar conciencia de la existencia volátil de esas imágenes, su fugacidad fantasmagórica.
El silencio al que te induce la meditación es un estado interno que comprende esa volatilidad mental, disolviendo los juicios que hacemos de ellas. Al principio, la infinitud de juegos mentales captan nuestra atención y nos sumergen en ellos. Damos un valor a las imágenes y los recuerdos y nos abandonamos. Lo mismo le ocurre al espectador de la televisión: ve imágenes y se abstrae del tiempo y de sí mismo, se duerme en vida. La televisión ha tenido mucho éxito en el siglo XX porque es capaz de generar una tremenda pasividad al espectador, un abandono, una enajenación. La televisión es un ruido externo que alimenta el ruido interno. Es más, podría decirse que la televisión es la mejor metáfora de la mente. Frente al televisor, la mente es pasiva, pero no descansa, no deja de percibir estímulos y llenarse de ruidos. A pesar de ello, es un recurso muy habitual para huir durante un rato la sociedad, del estrés y la hiperactividad. Nuestros hábitos de vida están cada vez más sujetos a estímulos externos que saturan nuestra actividad mental: la sobreinformación, la sobrecarga de trabajo, el consumo en todas sus formas, etc. De ahí las nuevas enfermedades como son el estrés y la depresión, ambas ligadas a la hiperactividad mental. La función que cumplen hoy la televisión, el alcohol o las drogas tienen mucha relación con la necesidad de descansar la mente, de abandonar por un rato al intelecto, a la razón.
Incluso el sexo cumple esta función, aunque de otro modo. Si lo he mencionado al principio de este texto es porque el sexo tiene un elemento en común con la meditación: descansa la mente. Durante la relación erótica desaparece el análisis, los juicios, los recuerdos, los proyectos… De hecho, el orgasmo es una anulación instantánea del intelecto. Durante el mismo, la mente sencillamente desaparece. La existencia de esa experiencia permite mostrar las posibilidades de la meditación, que, como el amor, no deja de ser una experiencia. Podrá haber muchas historias de amor, muchos estudios sobre el amor, pero nada es comparable con la experiencia del enamoramiento y su radical incomunicabilidad. Podremos "indicarlo" con palabras, con imágenes, con música, pero nunca será igual que la experiencia interna que nos produce.
Algo similar ocurre con la meditación: una experiencia que no puede ser más que "señalada", "indicada", sin tener mayor oportunidad que la propia práctica interna. Me refiero, de nuevo, al ejercicio interno del silencio, no del silencio de la ausencia de ruidos, sino a la capacidad para escuchar. Es una "escucha atenta", una "pasividad alerta", una "quietud consciente"…se le puede llamar de mil formas. Lo cierto es que esta práctica eleva la conciencia. Aparentemente pasiva como la del espectador de televisión, produce un estado radicalmente contrario al abandono. Se trata, más bien, de una presencia, de un presente sin recuerdos ni proyectos. Es el mismo presente que produce el orgasmo sexual, pero mucho más continuo y consciente, pues no genera desgaste, ni obnubilación, ni cansancio, ni indiferencia. Todo lo contrario, genera "espacios vacíos", silencios que se van abriendo poco a poco y de un modo consciente, en medio del torrente mental de imágenes, ideas y sonidos. Es este tipo de experiencia la que posiblemente te haya ocurrido ocasionalmente por la calle o en tu casa, un instante de silencio mental que genera bienestar interior. Lo único es que, al no ser conscientes de la naturaleza de este instante, lo olvidamos…
Poco a poco, el desafío del "silencio alerta" va generando mayores "espacios vacíos" en nuestro interior. Me refiero a momentos vacíos de actividad mental, sin pensamientos, sin recuerdos ni expectativas. Esto no indica que la actividad mental sea negativa, ni mucho menos, pues ni siquiera podría haber escrito este texto. Lo que quiero decir es que la meditación es una práctica sencilla que produce un bienestar interno y consciente. La simplicidad e inmediatez de esta práctica es asombrosa…¡ASOMBROSA! Al principio requiere de soledad y disciplina, sobre todo, como ya he dicho, para captar la primera gran dificultad: experimentar que es posible distinguir la mente de nosotros mismos, los pensamientos de la conciencia. Por extraño que parezca, comprender la sencillez de esta distinción es lo más difícil, porque la mente siempre se justifica a sí misma, siempre quiere hablar, y no permite callar. Por tanto, callar es escuchar, y esa escucha nos vacía del ruido mental. Meditar es experimentar esa conciencia, ese estado de conciencia y vacío. Con la práctica, la meditación se convierte en un hábito, en un modo de estar, en un modo de vivir. No hay secretos en ello. Compruébalo tú mismo…